Calle Nueva Reina
Recuerdo que de niños le temíamos a los fantasmas pero los adultos siempre nos decían que debemos temer más a los vivos que a los muertos, pues ellos pueden hacernos más daño. No fue hasta que crecí que comprendí mejor que las creaciones artísticas del terror son solo un reflejo de cuanto puede podrirse el alma humana. Fantasmas, demonios, monstruos, duendes y toda la mitología que sirve para asustarnos, son un fragmento de la maldad que pueden hacer los seres humanos.
Viví mi infancia en un conjunto de viviendas de material noble pero descuidadas, que compartían un pasillo en común usado como patio. Solía jugar con muchos niños y siempre supervisados por los adultos que cuidaban que no nos saliéramos de aquel patio. De niños es fácil aceptar las historias que cuentan los adultos para asustar e impedir hacer ciertas cosas. Sin embargo, nuestro caso no fue ese, y en lugar de usar el método del miedo, usaron con nosotros el método de la costumbre.
El pasillo que compartían en común las viviendas tenía dos pasillos en perpendicular que eran de salida, y aunque no los usaba, sabía que daban a la calle. El primer pasillo tenía viviendas donde vivían la mayoría de mis amigos, pero el segundo pasillo que estaba al fondo siempre era vigilado por un anciano negro, con cabello blanco y corto que nunca nos dejaba pasar. Por alguna razón este último pasillo tenía un letrero verde con el nombre Calle Nueva Reina y siempre estaba oscuro. La resignación de ser siempre impedidos por el anciano nos acostumbró a ignorarla por mucho tiempo y solo considerar la existencia del primer pasillo.
No recuerdo exactamente las circunstancias, pero ya teníamos mayoría de edad cuando decimos ingresar al último pasillo. Esperamos hasta la madrugada cuando el anciano ya no estaba e ingresamos. Este pasillo no era distinto a los demás, lúgubre, descuidado pero excesivamente largo. El tamaño se volvió irrelevante cuando en lugar de viviendas habían tiendas abiertas y una cantidad significativa de gente haciendo compras. Ni el tamaño, ni el horario atípico para el comercio vecinal nos sorprendieron tanto como la naturaleza de lo que se vendía en las tiendas.
Los primeros escaparates ofrecían la venta de mujeres desnudas que esperaban quietas, inexpresivas y maquilladas a la espera de su comprador. A medida que avanzábamos la oferta se convertía en manos, pies y otras partes del cuerpo humano reposando en frascos de vidrio, sumergidas en un líquido que supuse era para evitar su putrefacción. Vimos a un hombre calvo y delgado preguntar por el tipo de carne mientras compraba un frasco en una tienda, que por sus características se trataba de una carnicería, aquel hombre seguramente practicaba el canibalismo. En otro recinto estaban subastando a un grupo de jóvenes, delgados, fuera de sí y amarrados. La venta de armas y drogas se daban en las últimas tiendas donde terminaba el pasillo y empezaba la calle. Al salir vi que estaba el viejo cartel verde sostenido en la entrada, entonces comprendí que en las noches este pasillo vecinal se convertía en la Calle Nueva Reina. Un mercadillo para el comercio negro que cubría la demanda de las necesidades más perversas del ser humano. Seguramente hay muchos más en la ciudad.

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