Tantas veces Cercado de Lima

Lima siempre ha sido un lugar importante, que no imaginaron los incas ni los españoles. Bajo la ciudad se encuentran enterradas edificaciones de culturas que nos precedieron y que fueron testigos de innumerables asedios que determinaron lo que somos ahora. Tan importante fue la ciudad de Lima que el virrey Melchor de Navarra y Rocafull construyó una muralla para protegerla de ataques, aunque no la protegieron de los terremotos de la ciudad. Esta muralla de Lima se extendía en lo que ahora conocemos como la avenidas Alfonso Ugarte, Paseo Colón y Miguel Grau, y en las afueras de esta circunscripción capitalina se ubicaban asentamientos de indígenas, negros y basurales provenientes de la ciudad. Con el tiempo la ciudad creció y en los vaivenes de poder republicano la muralla fue derribada. Las edificaciones fueron adoptando un estilo arquitectónico afrancesado. La ciudad pasó de carruajes a vehículos motorizados.

Nuestra historia se ubica en las calles que bordean a la Plaza Bolognesi, que presenta edificios contemporáneos de material noble, y edificios de estilo francés que solo son la sombra de lo que fue la tendencia en arquitectura. Salvo algunas casonas y balcones viejos de Cercado de Lima que son rescatados por algunas iniciativas, los edificios de estilo francés solamente representan un peligro inminente. La importancia urbana de las avenidas que nacen en la Plaza Bolognesi, han vuelto a esta zona en el epicentro de eventos de toda índole, tanto deportivos, políticos, militares, entre otros.

Crecí en esta parte de Lima, privilegiado por el fácil acceso a cualquier parte de la ciudad, sea comercial o turística. Caminé de niño por el Centro Cívico cuando estaba abandonado y ni un alma penaba, vi destruir y construir infraestructura para el transporte moderno. También vi como se volvía un muladar lleno de orines, transporte privado desorganizado y donde regenta la prostitución. Sin embargo, los defectos de la ciudad no inhibieron la curiosidad por los detalles presentes en calles y avenidas, como los símbolos masónicos en los jirones Paraguay y Washington o el águila bicéfala escondida en un portón de madera de la avenida Alfonso Ugarte. También sentí curiosidad por los tunees subterráneos del colegio Guadalupe, aunque nunca pude verlos en los años que estudié allí.

Esta curiosidad me llevó a frecuentar las concentraciones nocturnas en la Plaza San Martín, donde convergían personas de todas las ideologías y religiones, incluso hasta de las más extrañas, que solo buscaban crear controversia entre ellos. Aunque aquellas discusiones tan extravagantes nunca calaron en mí, sí despertaron mis ganas de conocer sobre historia. Fue entonces que a modo de expiación, luego de estar presente en esas controversias, frecuentaba librerías en busca de alguna portada que captara mi atención, como quien busca el Santo Grial. Conocí a un librero muy culto, cuyo único oficio era ese y algunas veces me recomendaba ciertos temas. De pronto se volvió en una parada obligatoria para refrescar mi colección de temas y fascinarme por lo mucho que aún nos queda por aprender, y que además me volvía consciente de la ignorancia que mantenemos.

Por razones familiares un viaje a otro país y mi estadía, que inicialmente era por unas cuatro semanas, se hizo permanente, tanto por el clima como por el encanto de una mujer. Mi actitud introvertida facilitó la adaptación a una cultura más rígida y me hizo proferirla por sobre la calidez sudamericana. Sin embargo, por la naturaleza de volver a la tierra donde se nace y por curiosidad de la familia, decidí regresar.

La ciudad de Lima aún mantenía sus viejas casonas salvadas por el silencio sísmico, la calle donde vivía seguía dominada por el transporte informal. Las chácharas de la Plaza San Martín se mantenían porque siempre hay personas extrañas en este mundo. Con cierta desazón recordé aquella parada obligatoria que hace que los niños se hechicen por el conocimiento. Los libros son una herencia de personas que no conocemos y que aprendieron de los antiguos, nos legan conocimiento que debemos enriquecer y transmitir a nuestros sucesores. Con premura me dirigí a la librería y al llegar sentí un espasmo al verla convertida en un estacionamiento de autos. Al lado estaba el viejo librero vendiendo sus pocos libros sobre un pedazo de plástico en el suelo.

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